Reflejos bajo el Lago
El lago no aparecía en ningún mapa.
Lo descubrió por casualidad mientras exploraba una región montañosa de Nereida IV, una colonia minera situada a más de doscientos años luz de la Tierra. Había salido aquella mañana con la intención de inspeccionar una antigua estación de sensores abandonada. Sin embargo, una tormenta magnética obligó a su vehículo a desviarse varios kilómetros de la ruta prevista.
Al principio pensó que el fallo estaba en los instrumentos. Frente a él se extendía una inmensa superficie de agua negra que reflejaba el cielo gris como si fuera un espejo pulido. Aquello carecía de sentido. Los satélites habían cartografiado el planeta durante décadas y nunca se había registrado ninguna masa de agua en aquella zona.
Descendió de la cabina y avanzó con cautela. El aire era frío y seco. A cada paso, la grava crujía bajo sus botas con un sonido exageradamente nítido. No soplaba una sola brisa. Ni siquiera los pequeños insectos alados que abundaban en la región parecían acercarse al lago.
Se agachó junto a la orilla.
El agua estaba completamente inmóvil.
No había olas. No había ondulaciones. Ni siquiera reaccionaba cuando una pequeña piedra cayó sobre su superficie. La roca desapareció sin producir salpicaduras ni círculos concéntricos.
Permaneció varios segundos observando aquel lugar imposible.
Entonces ocurrió algo aún más extraño.
Su reflejo levantó lentamente la cabeza.
Él no se había movido.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza contra el pecho. Dio un paso atrás mientras intentaba convencerse de que se trataba de una ilusión óptica. Sin embargo, la figura oscura que habitaba en el espejo líquido continuó observándolo desde las profundidades con una atención inquietante, como si hubiese estado esperando durante mucho tiempo la llegada de alguien.

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