El Latido de la Montaña Negra

La puerta llevaba cerrada más tiempo del que la mente humana era capaz de imaginar.

Nadia observó la gigantesca estructura desde el borde del acantilado. La luz rojiza del amanecer apenas conseguía iluminar los relieves grabados en su superficie. Aquella puerta no pertenecía a ninguna civilización conocida. No aparecía en los registros históricos de la colonia ni en los archivos recuperados de las antiguas expediciones terrestres.

Sin embargo, allí estaba.

Encajada en la pared de una montaña de roca negra, como si alguien hubiera construido una entrada monumental para acceder al interior del planeta.

El equipo de exploración llevaba tres semanas excavando la zona. Todo había comenzado cuando unos drones geológicos detectaron una anomalía perfectamente rectangular varios cientos de metros bajo la superficie. Los análisis iniciales sugerían una formación artificial, aunque nadie esperaba encontrar algo de semejante tamaño.

Nadia descendió lentamente por la plataforma metálica instalada por los ingenieros.

El silencio resultaba extraño.

Apenas se escuchaba el zumbido lejano de los generadores y el crujido ocasional de la estructura bajo sus pies.

 

 

Cuando llegó frente a la puerta, apoyó una mano sobre el metal.

Estaba tibio.

Aquello era imposible.

Las temperaturas exteriores habían permanecido bajo cero durante toda la noche. Ningún material expuesto al ambiente debería conservar calor.

Retiró la mano con cierta inquietud.

En ese instante, una vibración recorrió el suelo.

Fue algo sutil. Tan leve que durante unos segundos creyó haberlo imaginado.

Pero después ocurrió de nuevo.

Y otra vez.

Como un latido.

Como si algo gigantesco, oculto en las profundidades de la montaña, acabara de despertar lentamente tras un sueño de miles de años. 

 

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